Escrito por: Valeria Castañeda Ramírez
Cada día el camión de basura pasa por mi casa alrededor de las 9 de la mañana. He aprendido a detectar rápidamente el sonido de sus campanas, que me indican que es tiempo de correr a sacar la bolsa de basura. En mi familia cada vez intentamos generar menos y menos residuos, así que la bolsa se vuelve más pequeña con el tiempo, pero sigue siendo prácticamente imposible eliminarla por completo. Vivimos en una sociedad en donde todos los productos son basura en potencia. Compramos cosas, las usamos, y cuando dejan de ser útiles estiramos el brazo para dejarlas caer al bote de basura, como si dijéramos "ya no me sirves, ahora desaparece". Lo que muchas veces no reflexionamos es que toma mucho más que mirar hacia otro lado para que la basura desaparezca.
Si en las zonas metropolitanas cada persona produce alrededor de 1.4 kg de basura al día, ¿por qué nunca nos preocupamos por saber a dónde se van todos esos residuos? La generación de basura se ha convertido en un problema invisible, porque en muchas partes de la ciudad no lo vemos y por ende asumimos que no es tan grave. En realidad no podríamos estar más equivocados. Hoy conocí por primera vez un relleno sanitario, y sé que jamás volveré a ver con los mismos ojos a un camión de recolección, porque ahora sé hacia dónde se dirige y a qué estoy contribuyendo.
Solía pensar que amaba todas las montañas, pues son esas bellas expresiones de esplendor natural que nos evocan un sentimiento como ningún otro. Sin embargo, descubrí que no todas las montañas son hermosas. Hay montañas creadas por el ser humano, montañas que son un trono a la indiferencia y a la destrucción. Hoy subí una montaña de basura, desbordante e intoxicante, donde los perros se revuelcan en lixiviados o yacen muertos entre bolsas de plástico y botellas de leche.
Sé que la gente que trabaja en estos espacios está haciendo lo mejor que puede, de ninguna forma busco que esto parezca un reclamo para ellos. De hecho sería todo lo contrario, cuán valiosas son todas las personas que cada día ponen en riesgo su salud para resolver un problema que ni siquiera fue creado por ellos. Justo hoy en el recorrido nos comentaron que la esperanza de vida de un pepenador se ve reducida a tan sólo 55 años debido a las condiciones a las cuales está expuesto o expuesta día tras día. Si alguien encuentra justicia en el hecho de que en una misma ciudad, haya personas que pueden manejar un BMW y vivir en un departamento de lujo, mientras al mismo tiempo hay mujeres, hombres y niños escarbando en la basura para encontrar una forma de supervivencia, por favor explíqueme, pues a mí se me parte el corazón de sólo pensar en el mundo que hemos construido.
El verdadero reclamo es para el resto de nosotros, que somos la causa de que se genere tanta basura en primer lugar. ¿Quién nos da el derecho de degradar nuestro entorno de tal forma? No es posible que sigamos produciendo y consumiendo tantas cosas innecesarias, transformando la naturaleza en objetos sin valor. ¿Realmente es esta la manera en que queremos vivir? No es hasta que nos demos cuenta de que la verdadera belleza de la vida está en sentirnos parte de este planeta Tierra, de encontrar una conexión con sus flores, con sus aves, con sus cielos brillantes y magníficos paisajes, que entenderemos que hemos estado caminando en una dirección equivocada. Las soluciones técnicas existen, y son muy valiosas, pero estoy convencida de que la solución de esta problemática está en cambiar la ética misma del ser humano. Si amamos algo, debemos cuidarlo. Esta no es la manera de hacerlo.
"Produce una enorme tristeza pensar que la naturaleza habla mientras el género humano no escucha" .
-Victor Hugo
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